
Por Carlos ROMERO
Estoy consciente de que hacer una crónica de todo el FAOT, es imposible.
En el FAOT, el reguetón y los narcocorridos, están ganando la partida en las calles y entre el público joven.
Las callejoneadas con ópera itinerante, las grandes voces de los tenores y sopranos con reconocimiento mundial, luchan por tener más público que una bocina bluethoot con J-Balvin sonando y cientos de jóvenes extasiados con el perreo intenso.
El Festival Alfonso Ortiz Tirado sigue trayendo a las maravillosas calles de Alamos, la maravillosa música de los autores clásicos, el encanto de las voces triunfadoras en La Scala de Milán, en Berlín, en París, pero está inmerso en una encrucijada, donde el público cada vez menos respetuoso de la tradición, del sitio, de los discapacitados, está formando la mayoría.
Alamos y el FAOT siguen siendo culto y rito; siguen llenando los angostos callejones con adultos cada vez mayores, para presenciar las obras de teatro que son un agasajo para el oído cultivado.
De día, es «pan comido» para la obra de teatro, la exposición de pintura, el teatro guiñol, el show de títeres, el hombre estatua que toca el sax, el cantante espontáneo que saca su guitarra en cualquier esquina y se gana unos pesos…o dólares. Maravillas contemporáneas que sacan su lustre en el Festival.
El reto está de noche, en el anonimato de la oscuridad, en la clandestinidad que ofrecen las calles empedradas para quienes desenfrenadamente asoman el reguetonero y buchón que llevan dentro.
El FAOT no es cualquier cosa, es un festival con 34 años de traición que atrae a miles de turistas de todo el mundo, porque ofrece estancia en sus hoteles coloniales, llenos de arte e historia; ahí todo está protegido por el INAH, por lo tanto no se puede usar anuncios luminosos, estructuras de acero ni publicidad exterior de ningún tipo, salvo lonas que se quiten apenas termine.
Los filtros de seguridad son rigurosos para quienes entran. Pero, quizá desafortunadamente, no hay discriminación, y solo se impide la entrada cuando la cantidad de vehículos rebasa la capacidad de aforo que tiene el pueblo.
Es una pena el mal gusto musical y la falta de educación de miles de visitantes al FAOT; porque finalmente el FAOT lo organiza un grupo de personas, pero lo hace el público.
La mañana del sábado es muy distinta a cualquier otra, los puestos de tacos de carne asada comienzan a tatemar las salsas desde temprano. Los que se durmieron temprano el viernes o que de a tiro no durmieron, para las 10 de la mañana ya abrieron la primer cerveza. Se justifica porque en el FAOT, las 24 horas de todos los días, es una fiesta.
La vegetación y la flora son abundantes; los colores de las plantas y los arbustos parecen sacados de una película europea de los años 50: flores moradas, amarillas, blancas, pero sobre todo rojas, hacen las delicias de cualquier botánico que guste también de la buena música y el vino.
Aves las hay en todas sus variedades y tallas: gorriones, sensontles, canarios, palomas pitayeras, que presentan su trinar como si fuese parte del espectáculo del Festival.
Las mañanas así son, con mucha actividad de preparación de los alimentos, ir y venir de personas entre los comercios, la compra de víveres para estar listos en la noche, aunque el número de gente aún permite caminar libremente entre los puestos de artesanías mexicanas que llenan las banquetas del colonial pueblo.
El clima se presta siempre benévolo a los visitantes. De día, calor agradable y sol tibio. De noche es preciso el saco y la bufanda y a veces, el gorro y las orejeras.
Alamos está enclavado en el Sureste del estado, a 50 kilómetros de Navojoa, a donde se llega por una carretera que se encuentra en condiciones bastante aceptables, de dos carriles pero con buen acotamiento.
Sus edificios, casi todos restaurados, pintados con tonos fuertes, cuentan una historia por sí mismos; hacen ver que Sonora es más que playa y desierto, más que sierra y río. Las calles empedradas y las banquetas a medio derruir platican los años de calor, frío, lluvia, y seguramente hasta temblores.
Se eligió para hacer el FAOT precisamente por su pasado y su presente.
Pero es un hecho que los servicios en Alamos quedan rebasados ante la magnitud del evento y ante el número de gente que acude. Es difícil encontrar un cuarto de hotel desde meses atrás, y hasta años atrás para esas fechas.
Quien tome en serio el FAOT debe saber que los baños públicos son limitados y hay que hacer fila de 40 minutos para entrar. Por lo tanto, y ante el anonimato de la noche, en las calles empedradas corren los ríos de orina de quienes no tienen un pizca de educación ni respeto por el pueblo y por el festival.
El FAOT dura una semana exactita. Los conciertos de ópera en el Palacio son el referente del festival que por décadas ha atraído a los críticos de música más renombrados del mundo.
Lo más granado de la música y el arte, está en Alamos esos días. Los artistas sonorenses Arturo Chacón Cruz y Jesús León, María Caballero, Rebeca Olvera y Rogelio Riojas-Nolasco son una muestra de lo que presenta el FAOT.
Más de 400 artistas son el referente inequívoco de un festival «in creccendo» en calidad artística: danza, museos, noches de gala, bolero, piano, guitarras, voces que con maestría tocan el alma, pierden terreno cada día contra las narco corridos a los que estamos orillando a la juventud en las plaza.
La noche es el pretexto perfecto para que la juventud extasiada por el perreo, abarrote el «arroyo», una calle de Alamos por cuya orilla corre precisamente un arroyuelo que a veces está seco, pero que es el escenario ideal para dar rienda suelta al frenesí de los corridos alterados, el reguetón y la tecnobanda.
En algo estamos fallando, que los jóvenes están cambiando los vestidos largos, las arias y los perfectos «do de pecho» de la ópera, por los desafinados cuartetos buchones de bajosexto, acordeón, tuba y bajo.
En alguna parte perdimos el enfoque, que la juventud enloquece con letras como «A mi me gustan mayores, de esos que llaman señores», «Se pone caliente cuando escucha este perreo», o en el mejor de los casos «Dónde está mi gente», música con la que los jóvenes se contonean y se tallan unos con otros, sin importar sexo ni condición socio económica, al calor de los deshinibidores. La fiesta en el arroyo los hace igual a todos.
No es que esté mal, es solo que en el FAOT, que este año se esforzaron por hacer un espectáculo digno, están perdiendo terreno entre la juventud las expresiones clásicas contra la música urbana y los narco corridos.
Pero ese afán de prepararse para lo nuevo, el FAOT se ha ido nutriendo con fusiones muy interesantes como lo fue la de Los Angeles Azules con la Filarmónica, hace un año, concierto que abarrotó hasta el último rincón de Alamos.
La edición 2018 se vistió de gala para recibir al «Soldado del Amor», el hombre que es «Uno entre Mil», el único que se habla de «tu» con la decepción y el desamor.
Mijares y la Filarmónica de Sonora llenaron hasta «las lámparas» la Plaza de Armas, que se adornó con luces multicolores y un escenario digno de los mejores espectáculos del mundo.
De la batuta del maestro David Hernández Bretón, la Filarmónica de Sonora acompañó al intérprete de «No se murió el Amor» y «Si me tenías», en un arreglo a piano y voz que erizaba la piel.
En primera fila, las autoridades pendientes de todos los detalles, de la organización, de los artistas.
Desde el escenario, en el concierto de cierre del FAOT, Mijares reconoció la presencia de la gobernadora del estado, Claudia Pavlovich, del alcalde de Alamos y de quienes dirigen la cultura en el estado.
Mijares en una de sus canciones reconoce ser un «Hombre Discreto», lleno de romanticismo y melosidad, sabe que estar en el FAOT no es cualquier cosa. Conoce la importancia y tradición de este festival que ha llenado las páginas de cultura en los rotativos del mundo entero. Pero se siente confiado, respaldado por músicos de primera línea, como lo son los sonorenses.
Mientras en el escenario todo parece perfecto y hecho a la medida, entre el público no falta el maleducado, la maleducada que por encima de los derechos de quienes llegaron antes, a la fuerza se mete hasta en frente y se sube a donde puede, para ver a todo dar el espectáculo, aunque impida ver a quienes llegaron primero.
No falta el borracho o borracha que en medio de una pieza musical, aplaude, grita, canta, trata de sobresalir.
No falta el pleitista que se siente muy bravo ya con 6 cervezas en el organismo y quiere sentar sus reales en Alamos; claro que esos son esposados y remitidos a la delegación de policía de inmediato.
Y si mientras en el kiosco de la Plaza el recorrido escénico musical «De la Filantropía a la Canción…Ortiz Tirado», los artistas se retan en un duelo de voces privilegiadas, la lucha contra el perreo parece cada vez más desigual.
La intensa exposición de la juventud a la música urbana, así como a los grupos de corridos, y la cada vez más escasa oferta de música «culta», pone en una encrucijada a la promoción musical de Sonora, y el FAOT como tal, tiene un gran reto enfrente.
Alamos luce pletórico; la noche del cierre se presentaron en otra plaza «Los Tolerados de Empalme», que aún siendo un grupo de Norteño Rock, han logrado trascender a nivel nacional.
Mijares dejó como siempre un gran sabor de boca a sus seguidores, cantó todos sus éxitos y el acompañamiento no podía ser mejor.
Alamos luce limpio, carente de servicios, pero limpio.
Muchos de quienes fueron al FAOT se hospedaron en Navojoa y hasta en Obregón, muestra de la falta de espacios para esas fechas en el colonial destino.
El clima, las calles, la calidad del espectáculo, los espacios, los hoteles, las paredes, la flora y fauna, siguen siendo las mismas que hace 34 años, siguen siendo muy grandes; lo que ha cambiado es la gente, que al paso de 3 generaciones presenta gustos distintos y la pérdida de un respeto de años por el santuario de la cultura sonorense.
Lo que es.
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