Marc Anthony en Las Vegas; valió la pena.

Por Carlos ROMERO

CRÓNICA

Dicen que el idioma de la música es universal. Si alguien me hubiese dicho hace un tiempo que el sonido de unos timbales y una guitarra eléctrica podrían unir a un auditorio de 6000 personas que no tienen nada en común, no lo habría creído.

Aquel domingo 15 de septiembre, preludio de su cumpleaños que coincide con el Aniversario de la Independencia de México, un personaje con más voz que cuerpo, un portorriqueño con un ritmazo hizo levantar de sus cómodos asientos a los asistentes al Teatro Zappos, el elegante auditorio del Hotel «Planet Hollywood» en Las Vegas.

Mientras afuera en la ciudad que nunca duerme se vive la vida la loca, en el auditorio las señoras de largo y los señores de traje esperaban a un flaquito de estatura diminuta al que nadie se explica dónde le cabe tanto ritmo.

Mientras Las Vegas sigue siendo Las Vegas, esa ciudad donde el pecado tiene carta de residencia y la culpa ha sido desterrada, el auditorio no estaría completo sin aquellos que se olvidan de la etiqueta y se aprestan a disfrutar el espectáculo del «Rey de la Salsa», ataviados en Shorts y mangas de camisa.

La puntualidad no parece ser el sello característico de los artistas que se se presentan en Las Vegas, pero entre tanto excesos, pasarse unas horas esperando no parece importarle a nadie.

Marc Anthony tenía una cita con el público latino y hablante de todos los idiomas que se reúnen en la capital del pecado, y había que valerse de todos los medios para llegar ahí. Muchos condujeron horas, otros, más pudientes y previsores, llegaron en avión para escuchar la exquisita música que acompaña al nacido en Nueva York, pero con ascendencia boricua.

Pocos saben que su nombre real, Marco Antonio Muñiz, viene de la admiración de sus padres por el emblemático artista mexicano.

Al correrse el telón, Marc Anthony luce de barba de tres días, lleno de energía, se comunica con sus músicos como por simbiosis. El respaldo de una banda como esa, haría que cualquier se sintiese un Dios.

«Valió la Pena» es el primer tema que interpreta, para empezar de manera rítmica su presentación. La gente sabe que esta parada en Las Vegas es parte de su gira «Opus», que es el nombre de su disco, por lo tanto esperan que cante todas las canciones de ese material y aderezará con algunos temas que lo han hecho famoso.

Y así fue.

El ritmo de sus músicos acompañan a un artista curtido en los escenarios del mundo, que sabe cómo llegarle un público habido de escuchar algo de calidad.

Y si la oferta del Zappos Auditorium en el tema gastronómico es escasa, la calidad musical y vocal hacía olvidar todo cuanto de lo que se podría carecer.

El ritmo y romanticismo de «Qué precio tiene el cielo», hacía que pocos se quedaran en su butaca como si nada estuviera pasando.

Marc Anthony parece un huracán en el escenario. No es físicamente agraciado, ni mucho menos bien parecido; pero su talento rebasa el plano físico, su voz y el sentimiento con el que compone e interpreta.

Coquetea con el público, sobre todo con el que está en las primeras filas. El 15 en la noche le llevaron al estribo del escenario una bandera de Puerto Rico que él atesoró.

Pero la sorpresa la dio al decir que era su cumpleaños y gritó «Viva México»!, ante la euforia de los miles de mexicanos reunidos en el majestuoso Zappos, un lugar situado en medio del Centro Comercial del Planet Hollywood, el glamoroso hotel en la gran gran avenida Las Vegas Bulevar.

Muy cerca de ahí, las fuentes del hotel Bellagio bailaban mágica e incesantemente al ritmo de la música y los centenares de luces en una combinación que eriza la piel.

Cruzando la calle, en el mismo complejo de hoteles, el Cosmopolitan hace un derroche de clase y sofisticación.

Afuera de donde cantaba Marc Anthony el 15 en la noche, cada hotel tiene su personalidad; el Cosmopolitan sería como un catrín, todo fino y cuidado hasta el más mínimo detalle, lleno de gente que no rebasa los 40 años, elitista pero inclusivo.

Todos son bienvenidos al Metropolitan, pero si van vestidos de marca son más bienvenidos aún.

El Bellagio es un caballero sobrio y aromático que muestra con maestría todas las artes de la conquista.

Muy cerca, el hotel Paris se posa majestuoso y gigante con su Torre Eiffel y su restaurante, ahora sí como dice el dicho popular «carísimo de Paris».

Por su parte el Planet Hollywood es un joven fuerte e impetuoso, lleno de vida y salud. Ahí adentro, Marc Anthony tomaba por rehén y mataba de un tiro a la tristeza y la apatía.

«Tal parece que yo te hice falta de más, que no fuiste feliz con tu otra mitad.. pero se te olvidó que al marcharte de aquí, yo quedé igual que tu, libre para elegir…» dice la tremenda letra de «Y hubo alguien».

Las miles de almas en el Zappos la corean y la lidian. Pocas, muy pocas como las letras de Marc Anthony.

Pero el derroche de no estaría completo sin el «Bien, tu amor me hace bien. Tu amor me desarma, tu amor me controla, me endulza, me encanta», del tema «Tu amor me hace Bien», del compositor André Plata.

Luego, como una demostración de amor infinito y sólido, el tema «Cambio de Piel» dice «Llegaste a mi como un sol, despejando el cielo gris, y tu luz alumbró donde nadie pudo entrar…».

Marc Anthony fue de la salsa a la balada con tres temas que sin duda marcaron su carrera, y de ellos hizo un popurrí «Abrázame muy fuerte», de la pluma del mexicano universal Alberto Aguilera Valadez, «Juan Gabriel», «Y cómo es él», del español José Luis Perales, y «Ahora quién», del colombiano Julio Reyes.

Muchos lloraron con esa trilogía, otros solamente moquearon en el Zappos Auditorium de Las Vegas.

En ese mismo instante, Alejandro Fernández, Luis Miguel y Bruno Mars cantaban en otros escenarios de la ciudad del pecado. Pero parece no haber importado, pues los asistentes al show de Marc Anthony estaban al 100% con su artista favorito, entregados y hechos a la medida del boricua.

Y como lo hacen todos los artistas, Marc Anthony se despidió y se fue, esperando que el público le pidiera «otra».

Por un instante salió y empezó su tema clave y más sonado de los últimos años, «Vivir mi Vida», que no es más que un himno a la libertad, a la autonomía de un ser maravilloso y único, con el hecho de haber nacido.

Su derroche de cadencia y talento no cesó hasta el final.

El público que se dio cita en Las Vegas sin duda continuó la fiesta en otro de los miles de bares, hoteles o cantinas que ofrece la ciudad que nunca duerme.

Pero el artista fue muy claro al pedirles comprensión para irse a festejar su cumpleaños, quizá uno de los más recordados que tendrá en su vida, por ir culminando un concierto tan exitoso.

El público, los miles de voces reunidas le cantaron «Happy Birthday», con lo que el cantante se conmovió y se paralizó por unos segundos, disfrutando y gozándose de la vida y de su éxito.

Gracias, Marc Anthony.

Gracias, Las Vegas.